Las sociedades se basan en normas de convivencia. Casi todas las normas de una sociedad están pensadas para mejorar la convivencia entre personas. Si viviéramos solos en una isla desierta no tendríamos que cumplir ninguna norma. Nada de lo que hiciéramos estaría bien o mal, porque no afectaría a nadie. Casi todas las normas morales o legales están hechas para nuestra convivencia con los demás.
Ahora bien, en general saltarse las normas puede tener grandes ventajas para un individuo. Si consigo evadir mis impuestos, seré más rico. Y si robo o estafo o exploto, pues más aún. Si paso por encima de los demás, tendré una mejor posición…
Pero si eso lo hace todo el mundo, no hay convivencia posible, claro. Así que lo ideal es que los demás cumplan esas normas y yo me las salte para vivir mucho mejor.
Normalmente alguien que pensaba así, era repudiado por la sociedad. Pero últimamente tengo la impresión de que empezamos no sólo a tolerar ese tipo de comportamiento, sino, en algunos casos, hasta admirarlos. Y no nos damos cuénta cómo de peligroso es para una buena convivencia.
En oriente existe el concepto del honor. Hacer algo en contra de otros es algo grave y deshonroso. No sólo de cara a los demás, sino incluso más de cara a uno mismo. Es casi impensable. Esto convierte a Japón, por ejemplo, en una sociedad donde funciona muy bien la convivencia y donde da gusto vivir.
En occidente lo basamos todo mucho más en leyes y en la moralidad judeo-cristiana.
La sociedad en general funciona, porque hay unas leyes que evitan los abusos, y para asegurarse que se cumplan, están la policia, los jueces, las cárceles… Y para cuestiones un poco menores está la moralidad que hace que las personas rechacen ciertos conportamientos de ciertos individuos aislándolos.
Pero así como Japón es el resultado de siglos de códigos de honor, en España venimos de siglos de picaresca.
Sabemos que muchos políticos están ahí mucho más por el beneficio propio que por dar un servicio, pero lo toleramos porque en el fondo el político es necesario y en el fondo comprendemos que el dinero público es tentador (es como si no fuera de nadie) y que si nosotros estuviéramos en el mismo caso… Muchas veces pensamos, “es que si éste se aprovecha, yo no voy a ser el tonto que no lo haga, ¿no?”.
No paramos de ver programas de TV donde se fomenta y se aplaude la violencia verbal (y a veces, incluso, la física), donde se ensalza al más “listo” (en el mal sentido) que ha sabido a provecharse de los demás, donde se ríe la ignorancia y la falta de formación…
Me da la impresión de que la sociedades pueden tolerar (aunque es una pena, la verdad) un número bajo de individuos que abusan del grupo, pero si la tolerancia es alta, el número de individuos aprovechados subirá y hará que la convivencia empeore muchísimo.
A todos nos encantaría una sociedad utópica, donde puedas dejarte la puerta de tu casa abierta, donde todos tus vecinos te sonrían y te pregunten cómo estás cuando te cruces con ellos, donde cuando tengamos un problema, todos se desvivan en ayudarte, donde todos colaboren para que todos vivan mejor.
¿Pero ponemos de nuestra parte para que esto sea así o ya nos hemos rendido?